Las máscaras del embuste

Reportaje - 24.09.2006
Desde la mujer que pinta las máscaras, Teresa, pasando por el tallador hasta el joven que aprendió los sones del Toro Guaco.

El Güegüense le debe mucho a una familia de Diriamba.
Los Flores hacen las máscaras de la obra desde hace 50 años, bailan en la calle y uno de ellos hasta ha decidido estudiar Turismo para especializarse en el oficio familiar.
Les dicen los Mascaritas

Octavio Enríquez
Fotos de Orlando Valenzuela

¿Que cuánto se parece este José Flores al Güegüense que ha tallado innumerables veces en su taller? A simple vista nada. Los chistes parece que le atropellarían la imagen. Cara seria, duro de expresión, flaco, el viejecillo agarra un tronco y empieza a hacer lo que ha hecho desde hace 50 años: tallar máscaras a punto de machete y formón.

Y dicen que José Flores tiene mucho que contar, pero está callado. Silencio absoluto. No es el que describe su hija María Teresa: chistoso sin llegar al exceso y un contador de historias.

En la casa está María Teresa Flores. Hay por lo menos diez máscaras del Macho Ratón o Güegüense en la casa de paredes retocadas con carburo y desteñidas ya por el tiempo. Los Flores hacen máscaras por encargo. Doscientos cincuenta córdobas cada una. Se compran en la casa de la familia y las hacen en el taller que está a unos 80 metros siguiendo una L desde la casa con dirección al Cementerio.

“Estas son nuestras máscaras —remacha María Teresa—. Ahora hay mucha gente que compra las máscaras para algunos bailes y dicen después que son de Masaya cuando estas las hizo mi papá. Esto lo hacen porque lo ven a uno humilde”.

Son una máquina bien engranada estos Flores. El papá talla junto a su hijo Duilio, de 58 años. María Teresa pinta y un hijo de ella, Marlon José Vega, estudia Turismo para promocionar el trabajo de la familia y es el único a quien su abuelo le enseñó los sones del baile del Toro Guaco, una de las danzas más importantes de las fiestas diriambinas.

 

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