Las vidas de la Caimana

Reportaje - 12.02.2018
Caimana boda

Carmen Aguirre hizo todo a su manera. Vivió como hombre y se casó con una mujer. Admirada y temida. Sus funerales fueron apoteósicos, tal como ella lo pidió, y su nombre de guerra sobrevive hasta nuestros días: la Caimana

Por Amalia del Cid

Era diciembre cuando Carmen e Hilda se casaron con juez y abogado y sin pedirle permiso a nadie. Era jueves. Era la década de los sesenta y en Nicaragua gobernaba Luis Somoza Debayle. Hilda usó un vestido de talle estrecho y falda ancha, típico de la época; Carmen se puso pantalón, camisa y saco, y a la hora de la foto se llevó un cigarro a los labios. Su nombre era Petronila del Carmen Aguirre Ocampo, pero todos la conocían como la Caimana y ella quiso casarse como Pedro.

No había en la vieja Managua quien no supiera de la mujer que vivía como hombre, casada con otra mujer. La Caimana, la misma a la que vieron surgir de los escombros, ahumada de pies a cabeza, una de las tantas veces que el fuego consumió su fábrica de productos pirotécnicos, ahí en el Gancho de Caminos, cuando el Mercado Oriental era un puñado de tramos cercados por el monte.

Creía en el horóscopo tanto como en los salmos y, valiéndose de conocimientos adquiridos en libros de herbolaria, curaba a los niños que le llevaban del campo. Era buena con los puños y con los negocios y bailaba casi tan bien como bebía, por eso en su extraordinario funeral no paró de sonar la música ni escaseó el guaro. Tampoco faltó la pólvora y su viuda hizo quemar 21 “cuetones” y 21 morteros en cada esquina de las 26 cuadras que separaban la casa del cementerio. “Dos veces 13, porque la Aguirre era supersticiosa”, recalcó LA PRENSA.

Esa tarde de agosto la multitud avanzó bailando, entre el humo de la pólvora y la bulla de los chicheros, en un acontecimiento que los periodistas calificaron de “insólito”. Petronila del Carmen, Pedro, la Caimana, tuvo los funerales que había soñado.

“Ella dijo: ‘Yo no quiero que me lloren cuando me muera. Quiero que me traigan la marimba’. Y ahí hubo marimba. Ella dijo: ‘Quiero que me traigan mariachi’. Y llegaron los mariachis. Ella dijo: ‘Quiero que traigan chicheros’. Y ahí estuvieron los chicheros. Ella dijo: ‘Quiero que todo el mundo esté bolo’. ¡Y todo el mundo estaba bolo ahí!”, relata José Dolores, hoy de 59 años, uno de los seis niños que Carmen Aguirre adoptó legalmente.

Para él, la Caimana es simplemente Mama Carmen, la mujer que le dio su apellido y lo mandó a la escuela. “La recuerdo como mi mamá, la mejor mamá de todas”, dice. Era dura y era dulce. Era seria y era bromista. Era temida y era amada. Era parrandera y era noble. Era Carmen y era Carmelo. Era, según su hijo, “león y terciopelo”.

 

 

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