Los burros del pueblo

Reportaje - 11.09.2016
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Cargan a cuestas la mala fama de ser brutos, escandalosos y molestos, pero los burros son protagonistas de interesantes historias. Todas empiezan en el África salvaje y llegan hasta Ocotal y Somoto, los dos lugares que comparten el título de la ciudad de los burros

Por Tammy Zoad Mendoza M.

Una mañana, mientras un sacerdote oficiaba la misa en Somoto, un estruendo se escuchó en la calle. Quiso el padre ignorar el ruido y siguió oficiando la ceremonia, pero los rebuznos eran cada vez más constantes e intensos. Un burro embramado perseguía a una burra por el parque central y fue a atraparla en pleno atrio de la iglesia. Ahí empezaron y terminaron sus piruetas copulatorias.

En media calle, en el mercado, a mitad de la misa. En el lugar menos indicado, en el momento más inoportuno irrumpía un asno, dos o tres, y el problema se multiplicaba. Si era uno terco, se quedaba parado a medio camino obstaculizando el paso. Si eran dos y entraban al mercado se convertían en delincuentes de cuatro patas que robaban verduras frescas de los canastos. Si se trataba de una pareja o un trío… ¿Quién le pone freno a los burros en celo?

No era la primera vez que los burros acababan con la paz del lugar por sus roznidos ni la única que escandalizaran al pueblo paseándose orondos o corriendo con el pene erecto tras una hembra, pero es una de las anécdotas más recordadas por aquí. Dicen que el padre tuvo que esperar a que acabara el escándalo animal para poder terminar la ceremonia.

Hasta 1957 los burros habían sido animales de servicio en Ocotal y Somoto, pero ese año perdieron su principal trabajo cuando se instaló el servicio de agua potable domiciliar en ambos pueblos. En las casas del centro ya no necesitaban que les llevaran el agua a cuestas desde el río. Ociosos, deambulaban por las calles y comían lo que encontraran. Si entraban en celo se tomaban alguna plaza o patio para su apareamiento salvaje. Se fueron reproduciendo a sus anchas y aparecían en todos lados. Se volvieron una plaga indeseable y empezó la decadencia del animal.

Tendrían que pasar muchos años, y cambiar la situación, para que recuperaran su trabajo y poco a poco la imagen de animal trabajador. Si usted pasa por Somoto u Ocotal verá campesinos llegar con sus burritos cargados de leña, sacos o canastos llenos de sus cosechas. Con ustedes, la nada aburrida historia de los burros.

Somoto y ocotal comparten el título de la ciudad de los burros, ha sido el animal que ha acompañado la historia de ambos lugares. Foto Archivo La Prensa.

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Para encontrar a los tatarabuelos de los asnos que ahora pastan en el centro-norte del país hay que viajar hasta el África indomable, alrededor de 5,000 años antes de la era cristiana. Los asnos salvajes, que vivían en manadas, fueron cazados y domesticados por su característica fuerza. Resultaron ser tan dóciles y rutinarios, que se convirtieron en los animales de carga por excelencia en Egipto, tanto así que quedaron inmortalizados en muchos grabados que datan del siglo V a. C. Poco a poco con las migraciones y el comercio fueron ganando terreno en África, Medio Oriente y Europa. Recuérdese nomás que María y José fue en burro que viajaron a Belén y el propio Jesús entró en burro también a Jerusalén, el Domingo de Ramos, poco antes de su crucifixión.

América podría tener sus propias especies de asnos, descendientes de los équidos originarios de América del Norte que luego se extendieron por todo el continente. Cuadrúpedos grandes, patas traseras un poco más cortas que las delanteras, torso alargado y gordo, cabeza chata, con ojos y orejas pequeñitas respecto a su cara, según ilustraciones con base a esqueletos encontrados por paleontólogos estadounidenses. Tras la última glaciación (hace 110,000 años) murieron de hambre o frío como muchas especies de la época que sufrieron el fenómeno.
Los burros pisaron este continente otra vez hasta 1492 con la llegada de Cristóbal Colón a América. Los caballos podían resultar más cómodos y rápidos para el transporte humano y ser suficientemente fuertes y ágiles para la batalla, pero los burros resultaron perfectos para el trabajo duro.

Estaban adaptados a climas cálidos o frescos y a largas caminatas. Su robustez le permite cargar grandes volúmenes al lomo, sus patas cortas pero gruesas y fortísimas son un eficiente sistema de tracción, y sus cascos pequeños de uñas durísimas los convierten en perfectos caminantes en las condiciones más duras, en cuestas o riscos.

“El burrito es el mejor animal para mí. Trabajadores, fuertes y mansos”, dice Sixto Jiménez, de 75 años, un somoteño que ha dedicado más de 20 años a la crianza de burros para su comercio. “La gente cree que son brutos, pero ¡qué va! Son más vivos que un caballo, los caballos son asustadizos, les cuesta avanzar en pedregales, sus cascos grandes se resbalan y las patas largas pierden estabilidad. Con un burro uno llega donde sea, eso sí, todo es que el animal no sienta que peligra su vida, porque ahí si no hay quien lo mueva”, asegura Jiménez.

Fue a partir de 1524, de acuerdo con crónicas de la época, cuando grandes caravanas de burros entraban a Nicaragua como parte de la expedición. Bajaban en fila desde México cargando armas y equipaje, siguiendo a los caballos que llevaban a los conquistadores en su ruta colonizadora hacia el sur. Eran burros españoles y franceses; grandes, cenizos y pardos, de crines encrespadas.
¿Cuándo y cómo se quedaron en Ocotal? ¿Porqué se afincaron en Somoto? Nadie sabe con exactitud, los libros no lo registran y los historiadores locales no tienen referencia alguna, pero fueron estos dos pueblos donde los burritos se asentaron finalmente y realizaron su propia colonización silvestre. El burro español, y uno que otro francés, llegó para quedarse en el campo y se integró a la vida del campesino hasta convertirse en “su machete”.

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En agosto en Ocotal se realiza el desfile de burros ataviados, en el que participan campesinos de comunidades aledañas que traen a sus burros adornados de frutas, flores y trajes para competir por el burro más bonito y el mejor cuidado. Foto U. Molina.

 

A lo lejos, en el camino, se divisa una línea de grandes orejas paradas. Son jumentos que avanzan parsimoniosos en fila. A medida que se acercan se distinguen dos cajones de madera forrados con latón vienen atados al aparejo que encaja en el lomo del animal. El cajón viene lleno de agua, la tapa corrediza de arriba ajustada y un trozo de olote cierra el hueco en la esquina inferior del cajón. Por ahí descargan el agua de casa en casa. 1940 y tantos, Ocotal, Nueva Segovia.

En la primera mitad de este siglo XX don Salatiel Peña tenía una flota de 30 burros que se encargaban de abastecer agua a los hogares somoteños, según un reportaje publicado en El Semanario.
Costaba 25 centavos la cargada desde el Río Michigüiste, pero esta agua servía solo para lavar. El agua de consumo provenía de unos pozos que él mismo había mandado abrir en tierras aledañas, cobraba 50 centavos por el viaje. En Ocotal, según el mismo artículo, los burros también sirvieron para la construcción de casas de adobe, proveyendo el agua necesaria para la mezcla.

“Nací en el 41 y ya había muchos burros por aquí. Ellos eran los encargados de jalar agua en cojinillos. Los campesinos los cargaban en los ríos cercanos y los llevaban hasta las casas. En Ocotal y Somoto, en muchas comarcas de las Segovias los burros han prestado grandes servicios”, cuenta Julio Aguilera, ocotaleano e historiador local.

Un campesino avanzando lento sobre su burro en una cuesta empinada. Una anciana jalando a un asno cargado de manojos de leña. Niños arreando borricos que van con sacos de frijoles, maíz o queso. Van y vienen.

Haydée Castillo, ocotaleana, recuerda también aquellos años donde la estampa común del pueblo era el campesino acompañado del burro. “Viví a la orilla del río, y todos los días frente a mi casa llegaban desde las comarcas vecinas a parquear sus burritos frente a mi casa. Se los dejaban encomendados a mi madre y se iban a entregar los productos o a hacer sus compras. ¡Una gran hilera de burros amarrados! ”, cuenta Castillo.

En la era de los burros segovianos se menciona a Torcuato como el más famoso. Era el burro que recibió como regalo y entrenó el popular payaso Firuliche . “En las funciones Firuliche le decía: ‘Andá buscá a mi suegro’, y el burro se paseaba por el escenario viendo al público, de repente se detenía frente a algún señor y una muchacha guapa, agachaba la cabeza y el público aplaudía. Incluso lo ponía a hacer sumas llevando las cuentas con golpes de cascos”, relata Armando Núñez, historiador somoteño. Lo cuenta como muestra de que, además de trabajadores y dóciles, los burros son listos.

Pero en 1957, cuando se instaló el servicio de tuberías y agua potable en la zona, la principal fuente de trabajo de los burros se cerró. En las cabeceras departamentales prescindieron de sus servicios. Los burros de los indígenas se quedaron en sus comarcas y los de la ciudad no tuvieron dónde ir.

Al inicio, cuenta el historiador somoteño Armando Núñez, iban y venían sobre las rutas de la distribución de agua. Los burros llegaban al río o se detenían frente a las casas donde solían llevar agua y esperaban que alguien los recibiera.
“Pero cuando se instaló la tubería de el agua potable, los dueños de burros que los alquilaban para el acarreo, sin oportunidad de sacarles provecho, los dejaron al garete. Ahí andaban en la calle los pobres por montones”, dice don Julio Aguilera.

En el desempleo y sin amos que se hicieran cargo de ellos, comían basura, se apareaban frenéticamente, corrían en tropel como loquitos. Solos eran muy trabajadores y dóciles, juntos y ociosos eran una pandilla que hacía desastres en el pueblo. “¡Ahí vienen los burros!”, era el grito de sálvese quien pueda. Pasaban en carrera, brincando de un lado otro, rebuznando como poseídos, mordiéndose en jugarretas o en peleas por alguna hembra. Recibían golpes, agua caliente y garrotazos. Días negros para los borricos.

Oficiales de la Guardia Nacional patrullaban las calles y agarraban a cualquier burro mal parqueado. Las denuncias y la necedad de la pandilla de burros los convirtieron en el blanco de los agentes, pero también de forasteros que llegaban a robarlos.
Con la segunda oleada de la colonización de Nueva Guinea a inicios, de los 60, los jumentos recobraron su valor como animales de carga.

Robados o comprados, salían por camiones de las Segovias para ser vendidos a 150 o 200 córdobas a los campesinos que emprendían el viaje hacia el nuevo poblado en el Caribe Sur. Ahora cuestan entre 4,000 y 6,000 córdobas un burro criollo, los importados o los criados para reproducción pueden costar 1,500 dólares. Un enorme burro Kentucky, raza norteamericana, supera los 5,000 dólares.

Según testimonios que recogió El Semanario, un jefe local de la Guardia Nacional y un coronel granadino retirado se aliaron en un nuevo negocio a costillas de los asnos. Capturaban a los animales y los trasladaban hasta Granada donde los hacían chorizos y los vendían como si fuesen de res a un córdoba por toda Granada en una camioneta de perifoneo. “¡Choooriiizo a peeesooo!”.

Aunque en los pueblos el uso y la presencia de los burros ha disminuido con los años, en las comunidades como El Cacao sigue siendo transporte y “machete”. Foto U. Molina.

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La Condesa se abre paso altiva entre la multitud. Paso firme, calcetas amarillas que resaltan en su atuendo y adornada de flores, es una de las más llamativas del desfile. Condesa es una burra cenicienta de 8 años que mide metro y medio de las patas a la cruz (unión del cuello y el lomo). Trabajadora, la cargan tres veces por semana con verduras del huerto de su familia en la comarca El Yaraje y camina más de 5 kilómetros para entregar la mercadería en Ocotal.

Hoy es domingo, su día libre, pero ha bajado con su hija para la fiesta que les tienen preparada. La Chela es una pollina de 3 meses con la crin parda, abundante y rizada. Tiene una expresión de mansedumbre extrema que para muchos raya en la idiotez, pero no tienen un pelo de tontos. Enjuta, orejuda, ojitos negros brillantes, la ternura en cuatro patas. Viene cargada de coloridos adornos hechos con materiales reciclados. Erminda y Lourdes Gómez las trajeron y las pusieron guapas.

El desfile de burros ataviados es una tradición nueva, pero creciente en Ocotal, organizada por la Comisión Ciudad Segovia, un grupo de ocotaleanos de diferentes edades y profesiones, unidos por el deseo de rescatar las tradiciones culturales de la zona. En 2003 cuando convocaron por primera vez a una marcha de burritos solo desfilaron trece animales con sus amos. Hoy, trece años después, más de trescientos burros y sus familias están en el parque central de la ciudad.

“Bajan de sus comunidades para mostrar con orgullo uno de los elementos más representativos de su estilo de vida, su compañero de trabajo, un miembro más de la familia que les ayuda a llevar el sustento al hogar”, expone Haydée Castillo, miembro fundadora de Comisión Ciudad Segovia.

Es una fiesta para los burros y sus amos, pero participa el pueblo entero. El que no tiene burro llega por el curioso espectáculo de verlos adornados con verduras, hierbas y flores, burros con huipiles multicolor o con vestidos y maquillaje de fiesta. Los que están fuera y extrañan su terruño envían aportes para la actividad, una logística que implica bebidas, alimentación y canasta básica para todos los participantes inscritos.

Aunque todos los jefes de familia reciben una canasta básica, se esfuerzan por engalanar a sus jumentos y ganar algún premio. El mejor burro ataviado es el que porte mejor los elementos propios de la zona, cojinillos, una mazorca por aquí, un ayote por allá, frijoles, maíz, frutas. El mejor conjunto de familia lo gana el grupo que llega enfundado con la vestimenta tradicional del campesino de antaño. Y el burro mejor cuidado es aquel que según Fundación Amarte, grupo de veterinarios que apoya la actividad, esté en mejores condiciones. Ellos mismos dan atención médica a los animales participantes, vitaminaron y desparasitaron a más de 100 borricos.

Paisano se llevó el título este año. Trabaja dos jornadas cada mañana, y tiene el resto del día para comer y descansar. Cenizo, hocico blanco y orejas oscuras, Paisano fue nombrado el burro mejor cuidado de Nueva Segovia y recibió su quintal de comida nutritiva. Su dueño, Álvaro López, lo desparasita, le garantiza zacate y le da mantenimiento a sus cascos. No lo sobrecarga.

“El campesino se ha reconciliado con sus burritos, que es parte de la identidad de la zona. Hace más de diez años los estaban vendiendo a precio de guate mojado por la misma necesidad. Ahora los cuidan más, los consideran”, asegura Haydée Castillo. “Y sobre todo, ya no se deshacen de ellos”.

Artesanías de borriquitos cargados, un día especial para el burro, hípicas en borricos y hasta un desfile anual en que sus dueños los adornan con productos tradicionales de la zona, flores y coloridos vestidos. Donde antes renegaban ser la cuna de los jumentos y se boleaban el título de “la ciudad de los burros” por asociarlo a la estupidez, lentitud y torpeza, ahora buscan compartirlo como un simpático gesto para reivindicar al animal que es parte de la vida y cultura de ambos lugares.
Aunque aún llevan la mala fama colgando del rabo, los burros han vuelto a ser bien recibidos en la ciudad. Y hasta tienen una fiesta para ellos y los campesinos, quienes los han convertido en un emblema de la región segoviana.

Condesa, una de las burras que desfiló en la procesión de burros ataviados en Ocotal. Foto U. Molina.

Mix animal

Los burros son parte del grupo de perisodáctilos, mamíferos herbívoros de extremidades con un número impar de dedos terminados en pezuñas. El grupo incluye a los caballos, cebras, tapires y rinocerontes.
Está estrechamente emparentado con el caballo y la cebra, por lo que son capaces de reproducirse entre sí y dar lugar a variantes de equinos.

Del cruce entre un burro y una yegua resulta una mula o un macho. Si un caballo se aparea con una burra resulta un burdégano. “Pero no es todo caballo el que pinta ni toda burra que agarre”, advierte en su jerga Sixto Jiménez, somoteño criador de burros y mulas. Además en esta variante la burra puede presentar complicaciones en el parto del animal que puede resultar muy grande.

Si un asno se cruza con una cebra nace un cebrasno o un ceburro. Las crías de todos estos cruces se caracterizan por una fortaleza física superior a la de sus padres, pero su fertilidad es mínima. Solo se obtienen de cruces y no de relaciones entre sí.

“Caballos pequeños”

Equus africanus asinus es el nombre científico del asno, subespecie del caballo africano. “Burro”, referido al mismo animal, es derivado del latín burricus y significaba “caballo pequeño”. El tamaño varía, pueden ir desde 0.8 metros hasta 1.6 metros de altura hasta la cruz (unión del cuello y el lomo). La edad promedio es de 30 años, pero su esperanza de vida aumenta según su alimentación, cuido y estilo de vida.

Carlos Torres, veterinario y oficial de bienestar equino de la organización Brooke Nicaragua, explica que el período de gestación es de 12 a 14 meses y casi siempre es de una sola cría. Hasta los 6 meses el pollino se alimenta por lactancia y es muy dependiente de su madre. A los 3 años alcanzan su madurez sexual y es la edad recomendada para que empiecen a ser usados en trabajos de carga, no antes.

Aunque popularmente se crea que son capaces de alimentarse de todo, Torres advierte que su dieta ideal es zacate, por la hoja fija y los nutrientes que le aporta. Sus tiempos de alimentación correcta son de 18 horas al día.

Brooke Nicaragua es una de las organizaciones que trabaja en programas de bienestar animal, específicamente con equinos.
Más que labores exclusivas de protección, se encargan de visitar y educar a dueños de equinos acerca del cuido a sus animales, para garantizarles un nivel de vida básico. Además realizan actualizaciones en tema de Medicina Veterinaria para ofrecer conocimientos extras en enfermedades y tratamientos. “Es importante hacerles ver que con el debido trato al animal este podrá tener una vida digna y rendir en su trabajo”, dice Carlos Torres.

El veterinario explica que un caballo puede cargar entre el 10 y el 20 por ciento de su peso en la espalda, en cambio un burro es capaz de avanzar con una carga de hasta 50 por ciento del peso del animal.

En términos prácticos para los dueños de equinos, que reciben su asesoría, se hablan por ejemplo de número de galones o quintales que puede cargar el equino. Con esto procuran educar para que el animal no se sobrecargue y no sufra lesiones o quebraduras, que casi siempre por la gravedad y las pocas posibilidades de sanación, deben acabar en el sacrificio del animal.

Aunque sus cascos son más pequeños, con uñas más duras y resistentes que la de los caballos, deben cuidarse igual. Recortarse y dejarlos balanceados cada dos meses. Lo recomendable es que si el burro trabaja en zonas urbanas se les coloque herraduras y que lo haga un profesional. También necesitan desparasitarse cada tres meses y recibir vitaminas, sobre todo si se dedican a largas jornadas de trabajo.

Razas

Hay más de 20 razas de burros, pero entre las más populares están la andaluza-cordobesa y zamorano-leonesa, burros pardos o cenizos de tamaño medio. De estos españoles y sus mezclas derivan los burros criollos que se han ido degenerando en la vida silvestre. La Kentucky, originaria de Estados Unidos, es la que destaca por su tamaño, fortaleza y precio, un semental de esta especie puede costar en el mercado internacional hasta 10 mil dólares en subastas de grandes criaderos. Entre las más curiosos está el Baudet du Poitou, una raza autóctona de Francia caracterizada por su gran altura, robustez y pelaje largo y grueso.

¿Milagrosos?

En Ecuador, Colombia e incluso en Nicaragua hay quienes creen que la sangre de burro tiene propiedades curativas y que incluso es capaz de sanar el cáncer. Hay documentales, reportajes y testimonios de personas que se dedican a sacrificar burros para vender o tomar su sangre. Entre más fresca y tibia esté, coinciden, mejor.

En baños, cruda, en infusiones o con otros tipos de tratamientos, la sangre de burro está en la lista de medicina alternativa para combatir el cáncer. No hay estudios científicos que avalen su efectividad, pero su uso es más común de lo que se cree.

En muchos países se usa también la leche de burra para alimentación, y en algunas comunidades de la India se cree incluso que es un poderoso estimulante sexual, que combate el sida y que es mejor que la leche materna humana.

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