Los enigmas de la belleza

Reportaje - 13.11.2016
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La humanidad ha perseguido la belleza física desde siempre, pero, ¿existen unos cánones para la hermosura ideal? Esto dicen la historia y la ciencia

Por Amalia del Cid y Julián Navarrete

Si le pedimos que imagine a una persona de ojos almendrados, rostro ovalado y dientes perfectos, es probable que a su mente acuda la idea de un rostro bello. Sin embargo, hagamos otra prueba: qué tal si ahora piensa en un cráneo que ha sido comprimido hasta tomar la forma cónica de un grano de maíz, una dentadura limada en forma de sierra y unos ojos estrábicos. Para la civilización maya esos eran los verdaderos rasgos de la belleza.

A fin de alcanzar sus propios cánones de hermosura, los mayas se sometieron a tormentos indecibles. Moldear una cabeza nunca ha sido un asunto sencillo. Recién llegados al mundo, los bebés se veían con el cráneo prensado entre dos tablillas atadas fuertemente con vendas y sobre la nariz, al centro de los ojos, sus madres les colocaban pequeñas cuentas de resina para provocarles una linda bizquera que evocaba al dios del Sol.

La búsqueda de la belleza física es tan vieja como la humanidad misma y a menudo ha ido de la mano con el dolor. A lo largo de la historia, hemos sometido nuestro cuerpo a perforaciones, cortes, tatuajes, mutilaciones, deformaciones e intervenciones quirúrgicas, con el propósito de acercarnos al ideal estético del momento.

Más de 35 mil años antes de que naciera Cristo las mujeres gorditas estaban de moda. Debían tener los pechos grandes, muy grandes, la barriga redonda y las caderas anchísimas, como muestran las esculturas de Holhe Fels y de Willendorf. Con el tiempo aparecieron nuevos cánones de belleza en distintas culturas, desde los “pies de loto” de las chinas hasta los cuerpos estilizados de las “mujeres fatales” que fotografió el alemán Helmut Newton, un ideal de belleza que a la fecha persiste en las revistas de moda.

La belleza ha sido uno de los grandes temas discutidos por filósofos, científicos y artistas, distinción que comparte con el amor, la vida, la muerte y la felicidad. Así de subjetiva es.

No obstante, es posible que existan unas normas universales absolutas que definen la belleza y la convierten en un asunto objetivo e incluso cuantificable. Ya los antiguos griegos decían que la hermosura de las gentes y de las cosas se encontraba en la armonía de sus proporciones; más tarde Leonardo Da Vinci lo explicó en su famoso Hombre de Vitruvio, y ahora, en la modernidad, la simetría también tiene muchos partidarios que se basan en el “número de la belleza” o “número de oro”, ese 1.618 que se encuentra en las secuencias de todo lo que existe en la naturaleza.

Claro, esto no explica ese “no sé qué” que vuelve atractivas a personas que están lejos de la perfección física y también deja fuera aspectos elementales como gustos, percepciones, preferencias, personalidad, cultura, época y moda. Además, hay quienes defienden la asimetría porque consideran que un rostro completamente simétrico es “demasiado perfecto”.

Toda esta discusión, sin embargo, existe desde siempre debido a que la importancia social de la belleza física es tristemente innegable, por encima de su relatividad. Está comprobado que los demás solo necesitan unas fracciones de segundo para valorarnos por nuestra apariencia y que la hermosura tiene muchos beneficios y algunas insospechadas desventajas.

Por un cuerpo hermoso ha habido guerras y traiciones, juicios ganados y corduras perdidas. Esta es la historia de la belleza. Es decir, la historia de la humanidad.

 

 

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