Los jorobados de San Jerónimo

Reportaje - 13.11.2016
jorobados

Pasión, devoción, hombría y alcohol. Este es el mundo de los hombres que dejan la piel para cumplir
sus responsabilidades como cargadores de San Jerónimo

Por Amalia del Cid

Un día antes de morir, Javier Gaitán Flores siguió paso a paso la fiesta de San Jerónimo, en Masaya, desde su cama en un hospital de Managua. En su celular recibía fotos del avance de la procesión del santo y sonreía a pesar de la fiebre y de las sondas. Llevaba más de quince días interno debido a un “bajón” de plaquetas, pero captaba la atención de pacientes y doctores por una razón muy distinta: la forma en que la piel se le abultaba en la nuca. Era esa pelota de grasa que los cargadores de San Jerónimo han bautizado como “el morro”, en alusión a la joroba de los toros.

“El morro” es la expresión visible de una vida bajo la peaña de San Jerónimo, esa mole forrada con hojas y flores a la que no por gusto llaman “La Montaña”. A los cargadores del santo de la ciudad más fiestera de Nicaragua les encanta afirmar que no hay peaña que se le compare en el país. Esta es de lejos la más grande y pesada de todas, dicen.

Hablan con pasión sobre su responsabilidad para con el santo y muchos llevan más de dos décadas echándose “La Montaña” al hombro. Así era Javier, el hombre que dio orientaciones a los cargadores bajo su liderazgo hasta el último día de su vida. Así son los jorobados de San Jerónimo.

Gerald Pérez, miembro de los “Peañeros Tradicionales” con la camisa que rinde honor a su hermano Javier Gaitán, quien fue líder de ese grupo de cargadores y murió a los 40 años de edad.
Gerald Pérez, miembro de los “Peañeros Tradicionales” con la camisa que rinde honor a su hermano Javier Gaitán, quien fue líder de ese grupo de cargadores y murió a los 40 años de edad.

***

“ El doctor que cura sin medicina” es un santo muy “mañoso”, dice Róger Miranda, abogado de 34 años de edad, cargador desde hace 15. Nadie puede pecar de despistado cuando la procesión de “Tata Chombo” está en marcha y “La Montaña”, que sobre hombros es casi tan alta como los techos de las casas de Masaya, se va zangoloteando al ritmo de los chicheros. Un movimiento en falso puede terminar en una pierna rota o con un hombre medio aplastado que se desmaya bajo el peso de la peaña.

Hay mil formas de lesionarse cuando se carga a San Jerónimo. Puede ser, por ejemplo, que una pata del mesón más grande de la peaña te “agarre” un pie, que te golpee el carretón de un vendedor o que no salgás a tiempo de debajo de la vara. Cuando hay una fractura, el sonido del “crac” se eleva por encima de las trompetas y los platillos y llega clarito a los oídos de los demás cargadores, que a esa hora sudan la gota gorda, cuenta Enrique Pasquier, quien cargó al santo durante 28 años. A los lesionados se les deja a un lado del camino para que la ambulancia los levante. La procesión avanza, jamás se detiene.

Pasquier, ingeniero en sistemas de 43 años de edad, también es conocido como “el del morrote”. Tiene un bulto gigante en el hombro izquierdo, así revela la posición que solía ocupar bajo “La Montaña”. “El morro” se desarrolla en el sitio donde los cargadores se colocan la vara de la peaña: hombro izquierdo, hombro derecho o la nuca. A Pasquier, el bulto le estorba “un poquito”, sobre todo cuando hay calor, porque en esas ocasiones lo siente “como almohada”.

Con todo y la incomodidad, no piensa operarse. Dice que en internet ha buscado videos de la cirugía a la que tendría que someterse y ha decidido que no confía “en los doctores de Nicaragua” para este procedimiento. Leonel Alvarado, en cambio, se dio a quitar su “morro” hace 15 años, cuando un médico amigo le ofreció extirpárselo gratuitamente. Él fue cargador durante 36 años. Se retiró en 2015 para dar paso a los más jóvenes.

Carlos Romero, de 45 años, todavía tiene el bulto que, en efecto, le da cierto aspecto de toro. Según él, más de veinte cargadores han desarrollado esa bola que los doctores llaman “lipoma”. En palabras técnicas, se trata de “una masa de tejido adiposo” que se crea debido a la carga y al zangoloteo. “Como andan bailando, la vara se va moviendo y les va licuando la grasa. Se hace como una infiltración, como cuando te ponen una inyección de grasa bajo la piel”, explica el doctor Neri Olivas, internista. Con el tiempo, agrega, el “megalipoma” de los cargadores puede causarles problemas en la columna, los hombros, el cuello, las caderas y a veces en las rodillas.

 

Sección
Reportaje