Los judas de la guerra

Reportaje - 13.04.2014
Historias de infiltrados

Para los amigos: héroes. Para el adversario: traidores. Distintos nombres: infiltrados, soplones, doble agentes. Una ríspida misión: engañar para derrotar al oponente. Ellos fueron la personificación de la mentira

Por Anagilmara Vílchez y Arlen Cerda

Esposado de pies y manos en un catre sin colchón estaba el supuesto traidor. “Voy a pegarle una cachimbeada a este hijo de p…”, gritó Tomás Borge a Edén Pastora, al llegar al sitio en el que tenían al hombre que la Guardia les infiltró.

Una vez frente a él, Borge lo miró, le tocó la cabeza y con voz entrecortada le dijo: “¡La pifiaste compa, hermano!”, recuerda Pastora quien en mayo del 2012 contó esta anécdota en el programa matutino del periodista Alberto Mora.

El seudónimo del delator era “Chéster”. La muerte fue su castigo. Una fuente que solicitó permanecer anónima aseguró que este hombre fue el responsable del asesinato del guerrillero Eduardo Contreras y de al menos otros diez dirigentes del Frente Sandinista. “Chéster” —según la fuente— llevaba más de siete años informando a la Oficina de Seguridad Nacional acerca de los movimientos de los revolucionarios a quienes supuestamente trasladaba durante la clandestinidad. Cuando fue capturado, confesó que era un infiltrado, lo llevaron a la frontera con Costa Rica y de espaldas a Nicaragua fue ejecutado. Antes de morir pidió perdón.

“¿Qué importa el camino, con tal de que se llegue?”, escribió el emperador francés Napoleón Bonaparte en un comentario al capítulo VIII de El Príncipe, obra del escritor italiano Nicolás Maquiavelo. Maquiavelo, a quien Bonaparte calificó de moralista, habría señalado en su doctrina política que “aunque el engaño sea detestable en otras actividades, su empleo en la guerra es laudable y glorioso, y el que vence a un enemigo por medio del engaño merece tantas alabanzas como el que lo logra por la fuerza”.

 

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