Los niños de la hamaca

Reportaje - 11.09.2016
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Padecer autismo ya es grave. Padecer autismo y ser pobre es peor. Aleteos, mirada fija y retraimiento. Los signos pueden palparse con facilidad, pero las historias son tan complejas y diferentes como un rompecabezas.

Por Julián Navarrete

En la montañita de arriba se columpia una hamaca verde de saco macen: ras, ras, ras, las cuerdas van y vienen con Diego y Dylan González, los gemelitos de 6 años de edad que están montados, apenas el sol aclara la mañana. Dylan no aguanta y le avienta una patada a su hermano que lo saca de su regazo.

De inmediato su mamá sigue la rutina de todos los días: los abraza, les dice que ya pasó, que se aquieten. Desde que a los niños les diagnosticaron ceguera y autismo, un trastorno del neurodesarrollo que impide comunicarse, socializar y comportarse, Jahaira González, de 28 años de edad, ocupa todo su tiempo para calmar los quejidos de sus hijos.

El sol estalla en la comunidad rural La Barranca, en la entrada de Nandaime, a 70 kilómetros de Managua, mientras los niños se mecen bajo el bajareque de zinc. Diego y Dylan son morenos, flaquitos, llevan camisetas y pantaloncitos de algodón. Andan descalzos, con los pies sucios.

Los gemelos fueron diagnosticados de autismo cuando asistían a la escuela que atiende a niños con discapacidad en Granada. A Diego le dijeron que presentaba autismo leve. En cambio a Dylan se lo diagnosticaron severo.

En Nicaragua no existen estadísticas oficiales, pero se calcula que los casos de autismo están presentes en el 1% de la población mundial y afecta 4.5 más veces a los varones. Dentro de los Trastornos del Espectro Autista (TEA) se encuentran el síndrome de Asperger y el Trastorno Generalizado del Desarrollo No Especificado (TGD-NE).

 

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