Los pajareros de Malacatoya

Reportaje - 15.01.2018
277-MAG-PAJAREROS (18)

En los campos de arroz se libran batallas entre humanos y pájaros. De día y de noche los pajareros hacen estallar pólvora para espantar a los invasores, en una tarea indeseable, pero necesaria

Por Amalia del Cid

Los campos arroceros de Malacatoya se extienden hasta donde la vista alcanza; solo interrumpidos, a lo lejos, por el paisaje montañoso de los pueblos vecinos. No hay árboles. No hay casas. Solo arroz. Kilómetros y kilómetros de campo verde que a ciertas horas brilla por la reverberación del sol en los espejos de agua. Al inexperto ojo de un forastero esta podría parecerle una tierra tranquila, donde jamás pasa nada; pero los lugareños saben que eso no es cierto, que bajo esta aparente calma acecha un emplumado peligro que puede llevar a los agricultores a perder casi toda su producción en unas pocas horas: los pájaros.

De día el viento corre sobre los campos anegados y hace temblar la yerba seca que bordea los caminos. De noche el viento amaina y crece el silencio. Solo se escucha el canto monótono de las ranas en los charcos y de vez en cuando el escándalo de un cohete de pólvora que se eleva sobre el arrozal y estalla en el cielo en una nube de chispas.

Los cohetes son arrojados por pajareros. Muchachos que velan los arrozales, aguzando el oído para percibir por encima del bullicio de las ranas, el aleteo de los pájaros que llegan a comerse la semilla recién sembrada. A ratos se sientan sobre la yerba seca y miran las estrellas, tantas estrellas que se diría solo son superadas en número por los zancudos que vuelan en hordas a lo largo y ancho del campo. Después hacen una nueva ronda, alumbrando el suelo lodoso porque “no vaya a ser una culebra”, y si oyen ruidos en el agua, queman otro cohete para espantar a los invasores. Así hasta el amanecer.

Nadie crece soñando con un ser un pajarero, pero la tarea existe desde que los humanos siembran arroz y los pájaros se lo comen.

 

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