Médico de cuerpos y almas

Perfil, Reportaje - 09.10.2017
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 A los 75 años logró cumplir su sueño de ordenarse como sacerdote. Esta es la historia de
“el doctor”, “el padre” y “el maestro” Jaime Granera Soto

Por Tammy Zoad Mendoza M.

A las cinco y media de la mañana no se escucha más que el zumbido del abanico en el cuarto. En la cama hay un ovillo de sábanas arropando a quien duerme plácidamente. Su respiración es apenas perceptible. Dan las seis y el ovillo empieza a desenrollarse. La señora que vigila al lado de la cama se acerca y empieza a descobijar.
—Buenos días padre.
—Buenos días —responde Jaime Granera Soto.

Pregunta la hora. Pide que enciendan el radio. Está molesto. No le gusta dormir hasta las seis de la mañana, quiere que lo despierten más temprano para escuchar su programa radial, pero en casa prefieren que descanse más.

Desayuna, le bañan, le visten. Lo ayudan a levantarse, pero él insiste en que su único apoyo sea el andarivel que se ha vuelto sus piernas externas. Toma medicinas, reposa, ora. Se sienta en su silla de la sala principal y empieza a leer frente a una pantalla que amplifica las letras de la Biblia que está abierta en la mesa. Termina de leer. Ora. Trata de levantarse y lo auxilian. Da su primer recorrido por la casa. Descansa. Vuelve a orar.

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El viejecillo de 92 años que está sentado en la gran silla de madera viendo hacia el patio es el mismo hombre que hace más de 60 años viajó a Nueva York para especializarse en ortopedia, que doblaba turnos en el hospital durante noches nevadas en el Bronx, que andaba a paso ligero por el Hospital San Vicente de León, vestido de bata blanca, revisando a sus pacientes de sala en sala. Hoy también viste de blanco, pero ha cambiado la bata por un clériman.

A los 75 años Jaime Granera Soto, una eminencia en medicina, fundador del departamento de Ortopedia y Traumatología del viejo Hospital San Vicente y del actual Hospital Escuela Oscar Danilo Rosales Argüello (Heodra) de León y maestro de generaciones de médicos, renunció oficialmente a su vida de médico ortopedista y se ordenó presbítero.

“Tuve el honor de imponer mis manos y realizar su ordenación presbiteral”, cuenta monseñor Bosco Vivas Robelo, obispo de la Diócesis de León.
“El obispo Jaime Granera Soto es un hombre de fe que tanto en su vida como doctor, como en su vida sacerdotal, ha sido fiel al evangelio, un hombre sumamente sabio, compasivo, generoso que mereció el honor de servir a Cristo como sus apóstoles, es un ejemplo y un referente de vida. Es un orgullo que finalmente sea parte de nuestra comunidad religiosa”, comenta monseñor Bosco Vivas.

Siendo joven había tenido que renunciar a su vocación sacerdotal por una vieja prohibición de la Iglesia católica, y medio siglo después la vida le concedió su deseo. Pero esa es solo la mitad de la historia de un hombre de ciencia y fe que dedicó su vida a curar músculos y huesos, y que ahora busca aliviar el espíritu de los enfermos que acuden a él como capellán del Heodra.

“Es una gran cosa que Dios me haya permitido ser las dos cosas que yo quería. Me realicé, tanto como médico como sacerdote, aunque sacerdote menos tiempo, porque ya aparecieron mis enfermedades”, dice el padre Granera.

“Tengo una neuropatía generalizada, una artritis degenerativa, se me van comprimiendo los nervios, pero siempre pienso en que puedo regresar al hospital de vez en cuando, por lo menos para ver a los enfermos, hacer la celebración de la eucaristía y asistirlos. Yo trato de mejorar, me cuido, hay días en que me siento bastante bien”, alcanza a decir y la voz se le apaga. Llora. Esta vez no es el lagrimeo propio de su sensibilidad a la luz, es un llanto sereno que seca despacito, gota por gota, con un pañuelo blanco. “Seguir sirviendo es una gran cosa para mí”.

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