Mi vida en el claustro

Reportaje - 29.06.2008
Monjas Clarisas

Por amor a Dios su vida se limita a un monasterio, donde se dedican “a rezar por los que no lo hacen”. Las monjas clarisas abren las puertas para contar como es su vida de contemplación en un claustro de Granada

Luis E. Duarte
Fotos de Julio Molina

Puerta equivocada. Un capellán moreno, vestido con su sotana sale a recibirnos y se queda extrañado porque dos hombres preguntan por las monjas clarisas.

—Ya hablamos con ellas, nos están esperando –explicamos.

—¿Con quién hablaron? –pregunta el capellán Sergio Álvarez.

—Con sor María Dolores. El cura se adelanta sobre un pasaje en la iglesia derruida San Juan Bosco de Granada. Al doblar la esquina del templo topamos un entierro de esos típicos sultanecos con carruaje halado por caballos. Las puertas del lugar se cierran inmediatamente después que sale el último doliente, con un ruido que espanta al muerto, mientras en la calle se preparan todos para ir al cementerio.

El monasterio de las hermanas de Santa Clara de Asís está en el lado opuesto de la iglesia, en un edificio a punto de caerse, pero donde se observa aún el rótulo calado en piedra “Escuela Padre Misieri”.

Hay unas gradas que anteceden una puerta metálica pintada en negro, donde se observa una rendija cerrada. El capellán conoce bien cómo funcionan las cosas aquí, cualquiera pudiera tocar la puerta de acero, pero él hala un alambre en la parte superior del portón y se escucha una campana que sirve de timbre.

Un muchacho en bicicleta llega, le da al padre un sobre amarillo y engrapado. Aunque puede subir algunas gradas para darle el correo a la monja, se estira para que el capellán entregue la correspondencia guardando suficiente distancia.

El monasterio de las hermanas clarisas puede estar carcomido por los años, pero aquí no entra ningún hombre más allá de los barrotes y puertas que dividen la vida del claustro de la mundana existencia de Granada.

Para los extraños las monjas han establecido un par de salas de espera e improvisado un baño y algunas camas por si acaso reciben visita, pero protegen las normas del monasterio con barrotes y cerraduras. Nadie puede pasar, es la ley del convento. El mismo capellán que acompaña al fotógrafo y periodista respeta los límites permitidos por las monjas.

Adentro, al lado del portón negro, está un cubículo donde se ampara una monja misteriosa detrás de una rejilla de madera que tiene, como casi todo el edificio, muchos años de existencia.

La primera impresión es como aquella de la película El Convento, pero la sensación desaparece con la primera sonrisa de la monja tras la ventanilla. Estas monjitas son tan amables que uno, si no es por superstición, al menos por cariño no puede darles un mal comentario.

¿Pero por qué estas mujeres se encierran para toda la vida en un monasterio? ¿Será cierto que nadie entra y sale, ni aún el día de su muerte?

 

Sección
Reportaje