Oficios de hotel

Reportaje - 14.06.2009
Vanessa Williams

Meseros, cocineros, pasteleros, camareros, bármanes… Un ejército de muchachos a descubierto que hay buenos oficios más allá de los muros universitarios

Amalia Morales
Fotos de Orlando Valenzuela y Bismarck Picado

La sombra de Sandino custodia la laguna de Tiscapa. Al fondo, el lago Xolotlán pasando de azul a gris en la medida que cae la tarde disimula que es la cloaca de una ciudad. Una fila india de gente que con bolsos y mochilas va caminando en dirección a la rotonda de Metrocentro por una calle sin acera. Un puente vacío. Letreros de negocios que sin las nocturnas luces de neón pierden su glamour. Líneas de carros que vienen desde cuatro puntos cardinales y que coinciden por 30 segundos en el semáforo de la pista Cardenal Miguel Obando y Bravo. Ese breve ángulo de la capital se mira desde las ventanas del cuarto piso del Hotel Hilton de Managua, adonde Vanessa Williams –no la actriz y cantante gringa, sino su tocaya que vive en Monseñor Lezcano– entra todos los días, con su uniforme de mayordoma, después de las tres de la tarde.

Lo primero que hace esta mujer de 27 años, que lleva su nombre en una pequeña placa dorada al lado del corazón, es supervisar que todo esté en orden en el piso ejecutivo donde se queda hasta las 11:00 de la noche. Pasa revista por las 10 mesas. Examina la decoración, el montaje, la alineación de las sillas. Una flor lila que parece veranera es el único adorno que hay sobre las mesas de manteles blanco hueso. Enciende la máquina del café, de la que no tarda en sacar un par de capuccinos. Luego, revisa las tazas, las copas y la cubertería que ha dejado su compañera del turno anterior. Williams explica que todo tiene que estar impecable en ese piso al que acuden hombres de negocios y ejecutivos en tránsito. Ella también está impecable. Su maquillaje es discreto y fresco: sombra plateada sobre los párpados que hacen juego con su uniforme gris, pestañas negras, cejas depiladas en gesto de admiración y un brillo color chocolate en los labios que apenas se nota. El pelo negro lo lleva recogido en una cola apretada que le marca el cráneo. Por higiene, sus manos están desnudas y las uñas sin pintar. Nada opaca la alegría de sus ojos que ríen cuando habla. Nada empaña la sonrisa que ahora le dirige al cliente que le pide un capuccino.

—¿Con azúcar regular? –pregunta Williams a los pocos minutos, mientras sostiene la copa espumosa que en el centro es café oscura.

 

Sección
Reportaje

Mi otra vida

Magazine, 11 febrero del 2017