Polizones

Reportaje - 08.09.2013
Los hermanos Norman y Lenar Moreno, y el primo Juan Ramón Osegueda

Eran tiempos de guerra. Tres jóvenes nicaragüenses intentan huir hacia Miami en un barco de tripulación coreana que zarpó desde Costa Rica. Nunca llegaron a ese destino y, en cambio, vivieron un periplo en el que estuvieron a punto de morir y del que regresarían solo tres años más tarde

Por Fabián Medina

Para cuando comienza esta historia, contras y sandinistas comenzaban negociaciones con vistas a ponerle fin a la guerra civil que desangraba a Nicaragua. Ya eran ocho años de combates ininterrumpidos. La mitad del presupuesto del país se destinaba a la guerra, unas 50 mil personas habían muerto y millares de jóvenes huían del país para evitar el reclutamiento al servicio militar que los metería de cabeza en esa guerra, que, a pesar de las conversaciones que se desarrollan en la comunidad fronteriza de Sapoá, nadie esperaba que terminara pronto.

Comenzaba la Semana Santa de 1988, y el 26 de marzo, el diario La Prensa titulaba en su portada: “Cacería de jóvenes recrudece en el norte”.

Para esos días, los hermanos Norman y Lenar Moreno, y su primo Juan Ramón (Moncho) Osegueda, merodeaban por Puerto Limón, Costa Rica, embarrados de aceite negro, malolientes y hambrientos, con la intención de colarse furtivamente en alguno de los barcos que zarpaba de ese puerto rumbo a Miami. Llevaban dos semanas ya deambulando por el puerto y estaban a punto de desistir de su idea, porque siempre aparecía algún obstáculo que les impedía tomar el barco en el cual, según ellos, irían a cumplir su “sueño americano”. Una vez sería porque había mucha vigilancia, otra porque el barco no tenía escalera y atracó a mucha distancia del muelle y las más de las veces porque ninguno de los barcos que llegaban iba directamente a Miami.

Para los tres jóvenes, el viaje debía ser directo a Miami. Viajar en un buque que haga escala en otro país los exponía a ser devueltos a Nicaragua antes de llegar a su destino si los descubrieran. Y el viaje a Miami, les habían dicho, dura tres días y es lo que calculaban que podían resistir, escondidos en algún hueco del barco, sin comer ni beber nada durante ese tiempo.

 

 

 

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