Por honor a la bandera

Reportaje - 09.08.2009
Gustavo Herrera

Nadie ha destronado a Gustavo Herrera como el peleador más importante del amateurismo nicaragüense de la historia. A la gloria sobre el ring, le siguen sus victorias como entrenador

Amalia Morales
Fotos de Orlando Valenzuela y Archivo

Vio la sangre y sintió rabia. Era un niño y en ese momento quiso ser más grande, quiso tener más años para abalanzarse sobre el hombre joven que estaba dejando como una pitahaya licuada la cara de su papá aquella tarde en el gimnasio maltrecho que estaba en un barrio de la vieja Managua. No era la primera vez que lo veía como un gallo de pelea dentro en el ring de boxeo. Cuando se ponía guantes, Adolfo Herrera tenía la costumbre de acarrear siempre a sus peleas a Gustavo, el mayor de sus hijos. Por subir al cuadrilátero, al obrero de la construcción le ofrecían unos cuantos pesos que no podía dejar ir. Antes de que el pequeño Gustavo se convirtiera en un hombre, en la casa habrían 10 bocas que alimentar —la esposa y los nueve hijos—, así que cualquier centavo extra le caía muy bien a ese padre que nunca sería un campeón, pero que se preparaba como si fuera a serlo.

Para mantenerse en forma, Gustavo Herrera improvisó un gimnasio en el fondo de la casa. Allí entrenaba junto con un hermano, René “El Zurdo” Herrera quien sería campeón nacional, y con amigos del barrio. Allí también se perdía el pequeño Gustavo, un niño esmirriado y de mirada triste que un día sería el boxeador amateur más importante de un país en guerra, y el que derrotaría a 45 púgiles cubanos, los más medalleros en ese deporte en los años ochenta.

A la abuela materna no le gustaba que el pequeño Gustavo coqueteara con ese deporte rudo. “Te van a quebrar la nariz muchacho”, le decía, y con un “vos sos narizón” profetizó, sin querer, que ése sería el órgano más vapuleado en ese cuerpo flaco que se mecía con el viento. El nieto nunca hizo caso. Por el contrario, se convirtió casi en la sombra del papá. En las madrugadas salía a trotar con él, y luego se refundía a golpear indiscriminadamente sacos en el fondo de la casa. El pequeño Gustavo no alcanzó a imaginar entonces que esas carreras precoces inhabilitarían sus meniscos y lo harían desistir un día del boxeo profesional.

 

Sección
Reportaje

Chico malo

Ricardo mayorga y Félix "Tito" Trinidad