Porcela Sandino, profeta de profesión

Reportaje - 18.01.2004
Porcela Sandino

Porcela Sandino tiene un trabajo para el que uno nace, no se hace. Esta callada mujer miskita asegura que es capaz de ver pequeños trozos del futuro a través de sus visiones en los sueños. El Minsa la contrató para hacer frente a la epidemia de Grisi Siknis que aquejaba a la comunidad de Raití. Y por una vez, se incumplió el conocido refrán de que “nadie es profeta en su tierra”

Juan Ruiz Sierra

Porcela Sandino tiene 54 años y dice ser profeta. “Dios me concedió un don”, afirma. Pero no como a aquellas figuras descritas en el Antiguo Testamento, que retoman el Israel bíblico vaticinando la llegada del Mesías, ataviadas únicamente con un austero saco y viviendo en estricto celibato. No, el supuesto don de esta mujer casada y algo coqueta es bastante más modesto: tiene visiones mientras sueña, visiones que le permiten saber cómo ha de proceder cuando se le presenta alguno de sus trabajos.

Sandino es, además, curandera tradicional. Y no una cualquiera. Esta pequeña mujer de pocas palabras y sonrisa fácil está especializada en Grisi Siknis, una bizarra enfermedad que solo aqueja a la población miskita —etnia a la que ella misma pertenece— y que provoca a los afectados trastornos síquicos que incluyen visiones diabólicas, convulsiones y, posteriormente, un estado parecido al de los sonámbulos, en el que corren desesperadamente, armados con lo primero que encuentran: piedras, machetes, palos, lo que sea. En su huida, destrozan todo aquello que les sale al paso. Esa es la dolencia, que de acuerdo con la terminología siquiátrica occidental sería histeria colectiva, en la que Sandino se considera experta.

Su último trabajo tuvo lugar en Raití, una aislada comunidad miskita en la ribera del Coco que ni siquiera aparece en los mapas de Nicaragua. Allí, desde los primeros síntomas, hace cuatro meses, el Grisi Siknis se había extendido como una plaga. Para los comunitarios y la propia Sandino el desencadenante de la afección había sido “la magia negra”, en la que la amplia mayoría de la población miskita cree a pies juntillas.

Lea también: Territorio de pueblos brujos

A su llegada el pasado 19 de diciembre, estaban registrados 139 casos de esta enfermedad, lo que suponía el diez por ciento de los habitantes de la población. Pero esta mujer nacida en El Bluff y criada a salto de mata entre Bluefields, Managua y Diriamba dice que ya sabía tanto de qué se iba a encontrar, como de dónde iba a hallarlo.

Cuenta que una noche soñó que estaba en la mesa del modesto comedor de su casa en Bilwi, tratando de ingerir con dificultad los alimentos que había preparado, cuando vio que aparecía, contoneándose, un enorme esqueleto. Se sentó enfrente suyo y comenzó a sonreír y a mirarla a través de las cuencas vacías de sus ojos. “Fue un signo de que me iba a enfrentar a un brujo muy fuerte, a un brujo que sabe. Además, el esqueleto estaba sentado en dirección norte”.

Porcela Sandino
Porcela Sandino escoltada por su marido, Gregorio Anderson. FOTO: MAGAZINE/ G. Miranda

 

Primera premisa: Sandino vive en Bilwi. Segunda: Raití se encuentra al norte de Bilwi. Conclu-sión: “Por el lugar en el que ocupaba el esqueleto supe que había problemas en la zona del río Co-co”. A través de este sencillo, sobrenatural y algo truculento silogismo deductivo, Sandino sostiene que ya había vaticinado la zona a la que iba a ser enviada, así que no se sorprendió cuando la llamaron del Ministerio de Salud (Minsa) para que tratara de calmar la situación de histeria colectiva en la comunidad miskita.

Le puede interesar: El mundo de la magia negra

En sueños posteriores tuvo visiones acerca del modo en el que tendría que ir vestida. “De rojo y de blanco, y eso que a mí no me gusta el rojo, ¡no lo ocupaba desde chiquita!”, explica riendo, y sobre los materiales que iba a utilizar —nada de hierbas—. Respecto a estos, como los buenos magos que nunca revelan sus trucos, Sandino se niega a confesar qué tipo de sustancias usa en sus procesos curativos. “Eso es secreto”, afirma seria, en tono apagado, acercando su arrugado rostro a la oreja del interlocutor, como si al afirmar que los componentes son secretos, estu-viera, asimismo, desvelando un secreto.

El nacatamal médico

Si hay algo en lo que Porcela Sandino hace especial énfasis cuando habla del ejercicio de su profesión de profeta y curandera es en que ella trabaja “de legal, no como muchos otros”. Asegura hacer trabajos para la universidad Uraccan, en Bilwi, desde hace siete años. Este centro educativo fue el que la escogió cuando el Minsa solicitó una persona para que hiciera las curas en Raití. Puede que, para algunos, el hecho de que un ministerio público se ponga en manos de una persona que dice ser profeta para tratar de solucionar una situación sanitaria parezca irresponsable, que incluso desprestigie a la institución gubernamental. Esto, por supuesto, no lo comparte Sandino: “La medicina occidental y la tradicional deberían amarrarse la una a la otra, como un nacatamal”.

La comisión del Minsa que llegó a Raití —formada por siquiatras, médicos y enfermeras, por un lado; y por Sandino, su marido y otro ayudante, por otro— podría haber servido para añadir algunos ingredientes a ese multicultural y metafórico nacatamal al que hace referencia la profeta. Sin embargo, los representantes de la medicina occidental se confesaron, desde el primer momento, incompetentes para tratar el Grisi Siknis, y tampoco prestaron especial atención a las técnicas utilizadas por la curandera.

Además: El rasputín del Tololar

Nada de esto agarró desprevenida a Sandino. “La medicina tradicional no se comprende ni se respeta. Yo respeto a todos los doctores. Ellos estudiaron, yo soy pobre y no he estudiado, pero tengo un don. ¿Por qué ellos no me respetan? Los doctores operan, yo no opero. Pero nadie sabe que, por la noche, yo ya operé con mis visiones. El doctor pone suero, yo no pongo suero. Pero con mis hierbas y el resto de mis materiales es como si pusiera suero”.

Porcela Sandino
Porcela Sandino tiene un trabajo para el que uno nace, no se hace . FOTO: MAGAZINE/ G. Miranda

¿Quién es el brujo?

La panga en la que viajaba Porcela Sandino tuvo una fría bienvenida cuando atracó en Raití. Los habitantes de esta comunidad ya habían recibido previamente a varios curanderos, incluido uno que venía acompañado y avalado por la anterior delegación del Minsa. Ninguno logró detener el vertiginoso contagio de Grisi Siknis entre la población, e incluso este último, Carlos Salomon, exigió el pago de 11,000 córdobas para curar y la misma cantidad para desvelar quién era el “brujo” que había causado la enfermedad. No hizo ni una cosa ni la otra. Con estos antecedentes, los habitantes de Raití estaban comenzando a perder la fe en la capacidad de los curanderos para sanar a los afectados.

La primera reunión entre los líderes comunitarios y la curandera estuvo llena de desconfianza. Lo habitantes de Raití exigían que, como paso previo al proceso de sanación, Sandino tenía que identificar guién había sido el “brujo”. Varios de ellos, exhaustos por los último meses en los que habían tenido que vigilar permanentemente a sus parientes enfermos y habían descuidado sus cultivos, pedían la cabeza del supuesto responsable de la dolencia. “¡Hay que eliminarlo!”, gritaron. Uno de ellos llegó a comparar al presunto hechicero con Osama Bin Laden y su atentado sobre las Torres Gemelas de Nueva York.

Puede leer: Niños de la oscuridad

Porcela Sandino asistió imperturbable a las distintas exposiciones. Con los brazos cruzados y la mirada fija en el infinito, parecía que estuviera ausente. Cuando habló, lo hizo con un tono que reflejaba tal autoridad que los lugareños terminaron acatando lo indicado por ella. “No estamos aquí para señalar culpables, sino para curar”, fueron sus palabras.

Porcela Sandino
FOTO: MAGAZINE/ G. Miranda

Y así fue, al menos durante el tiempo en el que esta profeta permaneció en Raití, en el que apenas se dieron ataques de Grisi Siknis. Sandino bañó a los afectados con un pestilente líquido de color azul, leyó sus manos, tuvo visiones, practicó sus oraciones, visitó los cementerios de la comunidad y el río y la jungla que la circundan. Todos sus actos parecían una representación teatral, llenos de supersticiones y prácticas rituales, pero Sandino los realizaba con seriedad y concentración, de forma que uno no podía menos que asistir a ellos en silencio, aunque un tanto perplejo.

Al final, tuvo una inesperada recompensa. El penúltimo día de su estancia reunió a todos los enfermos para bañarlos por segunda vez. Casi un centenar y medio de personas se alinearon en el exterior de la casa de madera donde la profeta realizaba sus trabajos. Finalizado el baño, Sandino pidió que el primero y el último afectado se reunieran en privado con ella. “Ellos forman una cadena —dijo— los tengo que soltar para curar la enfermedad”.

El último contagiado entró en la vivienda, pero no había ni rastro del primero, Daniel McOwen, quien ejercía un fuerte liderazgo sobre el resto de enfermos. Los líderes comunitarios lo buscaron en su casa, en la de su madre, en el río, en las dos únicas ventas que hay en Raití… Nada, era como si la tierra lo hubiera engullido.

También: Sandino, maestro masón

McOwen llegó dos horas después. Tenía la mirada perdida, sus piernas estaban llenas de heridas y sangraba copiosamente por la nariz. Esa misma mañana había ido a visitar a su madre. Después le dio un ataque de Grisi Siknis y permaneció durante más de tres horas en la selva. “Para que se acabe la maldición de Raití —dijo balbuceando McOwen— uno de nosotros tiene que desaparecer”.

Sandino lo tomó de la mano con delicadeza y lo llevó al interior de la casa de curaciones, donde aguardaba el otro afectado. Allí, con la puerta cerrada, permanecieron durante largo tiempo. Al salir, la curandera declaró que, mientras McOwen estaba en trance, le había revelado el nombre del brujo que había hechizado a la población de Raití. Los pobladores imploraron a Sandino que les dijera quién era el culpable de “la maldición”, pero esta se negó en rotundo. “Ustedes lo quieren matar, y a mí me va a traer problemas”, repetía. Los comunitarios insistieron, pero la profeta persistió en su negativa. “No”, se limitó a decir finalmente.

Puede que se lleve a la tumba el nombre de aquel a quien la población de Raití y la propia Sandino consideran responsable del extraño mal. Porque, como ella dice, “en eso consiste mi trabajo”.

Porcela Sandino
FOTO: MAGAZINE/ G. Miranda

Ella lleva los pantalones

Los matrimonios en los que la mujer tiene mayor autoridad que el hombre suponen una excepción en cualquier parte del mundo. Pero si este caso se da en una cultura tan tradicional y machista como la miskita, la situación solo puede calificarse de rara avis. Sin embargo, Gregorio Anderson, el marido de Porcela Sandino, a quien ella llama simplemente “Negro” asume sin ningún problema este papel subalterno. “¡Negro!, tráeme una candela”, “¡Negro!, colócate aquí”,”¡Negro!, pagá la cuenta”.Anderson siempre cumple solícito con todas las peticiones, casi órdenes, que formula Sandino. “Mi marido es curandero, alguien que aprende de otra persona, en este caso de mí. Un curandero lleva fuerza, pero una fuerza media”. Sandino, por el contrario, se considera profeta y el profeta nace, no se hace. “Trae un don desde su nacimiento”, explica Sandino, mientras Gregorio Anderson,”el Negro”, la escucha embelesado.

Sección
Reportaje