Querida Esthercita

Reportaje - 21.09.2008
Benjamín Zeledón y su esposa Esther Ramírez

Ella era una joven acomodada, él era su profesor de Gramática y Literatura. Sin mucho cortejo, se enamoraron y en contra de la voluntad del padre de ella, se casaron. Vivieron juntos ocho años hasta que la guerra de 1912 los separó para siempre. Hoy, sólo queda la historia de aquel amor, algunas fotografías y una carta, la última de tantas, donde el general Benjamín Zeledón se despide y reitera el amor por su amada Esther

Dora Luz Romero Mejía
Fotos de Archivo y Cortesía

14 de octubre de 1912 fue un día funesto para Esther Ramírez. Eran tiempos de guerra. Los liberales
peleaban en contra de los soldados norteamericanos —quienes estaban aliados con los conservadores— por la libertad e integridad territorial de Nicaragua. Ese día, ese 4 de octubre, Esther, quien se refugiaba junto a sus cuatro hijos en la casa de su hermana Josefa desde que la guerra inició, escuchó unas palabras que venían de la calle: “¡Han ahorcado a Zeledón y arrastran su cadáver en una carreta!” Quedó helada, inmóvil y por primera vez en la vida, Manuela, la señora que le ayudaba con el cuido
de los pequeños, la vio llorar.

Su esposo, su compañero, su confidente, el general Benjamín Zeledón, con quien había compartido ocho años de su vida, había sido masacrado en la batalla final, en El Coyotepe. Atado de pies y manos
fue arrastrado por las secas y polvosas calles de Masaya.

Quebrantada y triste, en el cuarto de la casa de su hermana, Ramírez cerró la puerta, se hincó, tomó su rosario y casi en silencio rezó: “Padre nuestro que estás en el cielo…”

En sus manos quedaba la carta, la última carta que Zeledón le escribió y donde proclamaba su amor
por ella, por sus hijos, pero sobre todo por su Patria. Una carta que años más tarde sería una reliquia.

A partir de ese instante, la historia de amor con quien había sido su profesor de gramática y con quien
luego se casó en contra de la voluntad de su padre, era así, a secas, sólo un recuerdo. Su cuento de amor, que parecía de aquéllos al estilo Romeo y Julieta, se convirtió en una película mental a la que le dio play, una y otra vez, a lo largo de su existencia.

 

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