Revolución en Solentiname

Reportaje - 05.10.2008
Archipiélago de Solentiname

Hace 42 años, un cura barbudo y desgarbado que usaba boina y cotona y escribía poesías llegó a Solentiname, un poblado de agricultores muy pobres situado al fondo del lago Cocibolca, a fundar una comunidad contemplativa. La llegada del sacerdote sin sotana produjo una revolución cultural en el olvidado archipiélago. Décadas más tarde, el caserío es, célebre dentro y fuera del país por sus livianas artesanías y por la pintura primitivista

Amalia Morales
Fotos de Orlando Valenzuela

A media mañana, cuando el agua plateada del lago Cocibolca es un espejo que ciega y el calor un virus que infecta la piel, como un pica pica que no se cura ni a la sombra del árbol más frondoso, Lidia Castillo, de 37 años, se refugia con el mismo encanto que lo haría una niña en su casa de muñecas, en el taller de artesanía que ha montado en el extremo derecho de su casa en Mancarrón, la más grande y la más poblada de las 38 islas de Solentiname, en el departamento de Río San Juan.

El taller de Lidia parece una juguetería de peces, tortugas y mariposas. Colgando del techo se ven las figuritas de animales marinos organizados en móviles. Los mece a su antojo el aire que se cuela por la malla que hace las veces de ventana. También hay ristras de peces de colores verdes, rosados, rojos y amarillos, adentro y encima de la vitrina que Lidia ha colocado en el taller para exhibir y vender el fruto de ese trabajo que empezó hoy a eso de las diez, luego que regresó de bañarse en la playa, adonde van a asearse la mayoría de los poco más de mil pobladores del paradisíaco archipiélago, que se descubre al final del Cocibolca, casi al voltear para el río San Juan.

En esta jornada trabajan con ella los demás miembros de su familia: su esposo y dos hijos. El marido y el hijo menor están en el patio cortando y tallando la madera, mientras Lidia se dedica a pintar y dibujar, junto a la mayor, Daniela, de 14 años, quien también decora y dibuja con esmero un paisaje, en realidad una reproducción diminuta de Solentiname, sobre la concha de una pequeña tortuga de balsa.

Están sentadas una al lado de la otra, en una de las 22 casas que hay en El Refugio, el pueblito de
Solentiname que se construyó en los años ochenta con financiamiento italiano y que conserva el nombre del primer asentamiento humano que hubo allí.

Lidia, que se pone gafas para dibujar, vigila los delicados trazos de Daniela, quien parece un clon de su madre con 20 años menos: morena, bajita, bastante más delgada, y con un pelo negro crespo rebelde que se agarra en una moña firme encima de la nuca. “Ella quiere dedicarse a esto también. Yo la dejo y la apoyo, sólo la voy corrigiendo”, dice Lidia con una sonrisa de orgullo.

 

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